Si hay algún episodio de la historia de España del que cualquier español medianamente culto guarda algún grato recuerdo de sus años escolares, ése es el del “Motín de Esquilache”, una revolución en miniatura que estalló en Madrid en 1766 durante el reinado de uno de nuestros más famosos reyes, Carlos III.
Este rey borbónico, nacido en Madrid (aunque los napolitanos lo consideran suyo), tuvo que abandonar Italia para venir a España a suceder a su difunto hermanastro, Fernando VI, como rey de España. Y con él, Carlos se trajo a toda una camarilla de ministros y colaboradores italianos, que ya desde el principio despertaron el recelo de los madrileños. De todos ellos el que más poder acaparó y el que más odio despertó entre la ciudadanía fue el ministro de Hacienda, Esquilache, verdadera mano derecha del monarca. El rey pronto se ganaría el cariño de sus súbditos al dedicar más tiempo a embellecer la capital de España que a los asuntos de Estado (pasando a la historia como el “mejor alcalde de Madrid”), mientras que al ministro la gente no tardó en dedicarle frases como “¡Muera el mal gobierno!” o “¡Muera Esquilache!”
El siciliano Leopoldo de Gregorio, que así es como en realidad se llamaba el marqués de Esquilache, no tardó en introducir modificaciones en la corte y sobre todo en la sociedad española para adaptarla a los nuevos tiempos. En este sentido, gozaba de toda la confianza del rey, no así de la reina madre, Isabel de Farnesio, una señora de armas tomar, que cuando se refería a él lo hacía siempre en tono despectivo llamándole “el siciliano ese”. A pesar de los enemigos que se iba granjeando entre la nobleza, el clero y el pueblo llano, Esquilache siguió con sus reformas, siendo el autor de cosas que hoy consideramos tan españolas como la Lotería Nacional o el reemplazo en el hasta hace poco servicio militar obligatorio. 
Pero el vaso se colmó cuando intentó reformar la indumentaria española dictando un bando para que se recortasen las capas largas y las alas de los sombreros, para permitir un mayor control de la delincuencia (las armas se escondían perfectamente debajo de las capas y los delincuentes podían huir sin que nadie los reconocería gracias al sombrero de ala ancha) y de paso modernizar las trasnochadas costumbres de los zafios españoles. Y los vecinos de Madrid, que ya estaban hartos de las subidas de precios, del desabastecimiento de productos básicos y de que los extranjeros se metieran en sus asuntos, se echaron a la calle totalmente enardecidos cuando vieron como una legión de sastres les perseguía por las calles para intentar cortarles las capas, prenda a la que todo español de la época tenía especial afecto. El motín llegó a tales extremos que el rey tuvo que huir de Madrid a Aranjuez, temiéndose por la continuidad borbónica en España. La muchedumbre, armada hasta los dientes y con ganas de gresca, irrumpió en las casas de los otros ministros italianos, Sabatini y Grimaldi, para pedirles explicaciones, produciéndose saqueos y desórdenes de todo tipo, y Esquilache se tuvo que esconder ante las aviesas intenciones de la plebe. La tensión alcanzó su grado máximo cuando la muchedumbre, a las puertas del Palacio Real, entrega una lista de peticiones que, de no cumplirse, desatarán la ira de los allí congregados. Afortunadamente, Carlos aceptó los deseos del pueblo, evitando así que una simple revuelta se convirtiera en una revolución en toda regla, que bien pudiera haber sido la precursora de la que unas décadas más tarde asoló Francia.
¿Y qué fue de Esquilache? Pues el pobre ministro, de cuyas buenas intenciones nadie duda, tuvo que regresar a su Italia natal, desterrado, abatido, desengañado y con la sensación de haber sido totalmente incomprendido.
