Publicado por piero, el 11/01/2011

Impronte d'Italia

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Un juguete. Eso es. A lo mejor no recordamos el tacto del preferido. Pero no se olvida lo que nos transmitió. Lo hace también esta urbe amurallada más conocida por sus elementos militares que por su industria. En el baricentro del triángulo que forman Turín, Genova y Milán; la ciudad del sur del Piamonte no esconde su gusto por el detalle del buen vivir.

Su plaza de la Liga Lombarda es un guiño a las maquetas de ciudades que todos los niños alguna vez han soñado realizar. Hasta seis calles convergen en ella. ¿Para qué? Para albergar un espacio desordenado como el cuarto del niño al acabar la fiesta de su cumpleaños. Un edificio ya cerrado en la plaza anuncia el Cinema Moderno, otra ironía de esta ciudad, otro guiño para aquel que haya visto Cinema Paradiso. Fachadas de algodón dulce, al hincarles el diente se percibe el hueco. El que le da la muralla perfecta que delimita su expansión.

Sí, sufre el síndrome de Peter Pan. Rodeada del río Tanaro y las colinas del Monferrato, no quiere crecer. Se encuentra tan a gusto que prefiere presumir de lo ya hecho. Su iglesia de San Giovannino refleja su estilo. ¿Una fachada más?, no. Una entrada blanca que se ve coronada por telares rojos. No es un chiste, ni una broma infantil. Lo que podría parecer la entrada de un cabaret parisino, es otra más de las decoraciones atemporales de una ciudad con nombre tan evocador.

Como su plaza Garibaldi. Al héroe unificador le han dado su salón más pomposo. Ese al que le dejan entrar al imberbe cuando va vestido de primera comunión. Ese que por protocolario intimida al hermano pequeño. Al ver las fachadas que albergan los soportales el visitante empieza a comprender lo que es el Piamonte. Cuna de los Saboya. Realezas que no son más que la pesadilla del comulgante después de recibir el sacramento. Su primera resaca sin alcohol. Recuerdo temerario de lo vivido y de lo que vendrá.

Pero como en todo lo infantil hay una complicidad con lo imaginario. Con las cosas que causan asombro en un niño. Lo que mira el que acaba de empezar a andar cuando sale a pasear por primera vez a la calle. Los sombreros. La esquina de la tienda de sombreros Borsalino transporta al XIX sin esfuerzo. No muy lejos de allí, el museo del sombrero Borsalino confirma que aquí nacen leyendas atemporales que se resisten a caer en el olvido.

Nunca lo hará esta piel tan estructurada desde la muralla hasta su cogollo. Sabe que el orden aporta sosiego a las mentes infantiles. Piel almidonada por las sucesivas generaciones que la han diseñado, evoca lo que son las meriendas en casa de la abuela. Algo a recordar con moderación. Como el chocolate con churros. Fritura tan indigesta como apetitosa, cuanto menos se coma de adulto más mítico será el recuerdo. El del visitante al irse, un salto en su cronología vital.





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