Por María Jesús Mayoral Roche
Existe una historia paralela a la propia historia repleta de personajes malditos, hombres a los que se les ha negado ese puesto que por mérito propio les correspondía: páginas empolvadas con nombres y apellidos olvidados. Es por eso que considero justo rescatar a uno de esos personajes por el mero hecho de haber sido condenado al olvido.
Hay hallazgos arqueológicos fruto de la casualidad y otros fruto del esfuerzo; sin embargo, casualmente, los más relegados son los que han sido fruto del más obstinado empeño. Esa obsesión, ese empeño en descubrir ciudades de la antigüedad ha hecho sucumbir a más de algún arqueólogo. Soñar con el pasado les llevó a estos nostálgicos impenitentes hasta las puertas de ciudades muertas llenas de vida, contradicción únicamente comprensible cuando hablamos de ruinas: piedras para los que permanecen indiferentes a la cultura, ciudades perdidas para los más románticos. En estos cementerios pétreos hallamos la grandeza del pasado: antigüedad yerta que nos desvela la vida cotidiana de civilizaciones perdidas. Estas maravillas universales son visitadas anualmente por miles de curiosos, que atraídos por lecturas y leyendas, desconocen a quienes las descubrieron. A veces esos nombres y apellidos han quedado olvidados por la dimensión del propio descubrimiento; en otros casos esos hombres, movidos por la curiosidad y la codicia, han dejado un regusto amargo en los grandes hallazgos arqueológicos. Pero sin ellos, sin su temeridad y arrojo, hoy no sería posible el reencuentro con ese pasado antiguo; tan importante por otra parte para los que acariciamos las piedras esperando que nos cuenten la historia. Por eso me parece necesario recordar a uno de estos hombres que cayeron en el olvido dejando a la Humanidad un patrimonio de valor incalculable.
Uno de esos personajes malditos es Roque Joaquín Alcubierre, el verdadero descubridor de Herculano y Pompeya, digan lo que digan los italianos.
Hay una trágica historia que la ceniza inmortalizó y preservó, quién sabe si para mostrarla al mundo siglos después en todo su esplendor. Todo comenzó a los pies del Vesubio en el año 79 de nuestra era, un 24 de agosto a eso de mediodía. El hecho está documentado en una carta que escribió Plinio El Joven a Tácito. La carta más o menos decía así:
Querido Tácito:
Me pides que te cuente la muerte de mi tío con el fin de dejar testimonio a generaciones posteriores. Te agradezco que sea recordada por ti, de esta forma quedará asegurada su gloria. De hecho él ha muerto en medio de la destrucción de una ciudad bellísima, en una situación digna de la memoria que por siempre debe perdurar en el recuerdo. Si bien él mismo ha escrito muchas y largas obras, tus escritos inmortalizarán y aumentarán su fama.
[…] Alrededor de la una, mi madre le indicó que se veía una nube de un tamaño y de una forma extraña. Mi tío, después de haber tomado el sol y darse un baño de agua fría, tumbado tomó un pequeño refrigerio y se puso a estudiar: pidió las sandalias y subió a un sitio donde poder observar mejor el fenómeno. Una nube iba surgiendo, pero no se veía claro el monte desde donde se alzaba (después se supo que era el Vesubio). […] De hecho se elevaba verticalmente como un tronco altísimo, se ensanchaba en varias ramas, primero subía empujada por una corriente ascendente, agotada después, bien por cesar su empuje o vencida por su propio peso, se expandía tumbada: a trazos blanca, otra vez negra y sucia a causa de la tierra y cenizas que transportaba.
Mi tío como hombre erudito que era, comprobó que el fenómeno debía ser observado de cerca. Ordenó que se preparara una liburna (barca veloz) y me autorizó, si quería, a acompañarlo. Pero le contesté que prefería quedarme a estudiar, él me había asignado unos trabajos. Al punto de salir de casa, recibió un mensaje de Rectina, mujer de Tasco, aterrorizada por el peligro que la amenazaba (su casa estaba a los pies del monte sin una vía de escape, excepto en barco); suplicaba ser auxiliada. Mi tío, entonces, pidió opinión y aquello que él entendía por amor a la ciencia, lo hizo como un deber.
[…] Se apresuró allí donde otros escapaban, fue al timón, directo al peligro. Sin miedo, dicta y describe todos los fenómenos de la tragedia tal y como se muestran a sus ojos. Comenzaba a llover ceniza sobre las barcas, cada vez más caliente y densa cuanto más se avecinaban; también se veían pómez y guijarros encendidos, después la playa quedó bloqueada por las piedras proyectadas por el monte. Tras vacilar, si volver atrás tal y como le sugería el piloto, exclamó: la fortuna ayuda a los audaces, dirígete a casa de Pomponiano.
Plinio el Viejo llegó a casa de su amigo e intentado salir de aquella infernal encerrona, en medio de un mar en ebullición, una tierra ardiente y bajo un cielo cubierto de cenizas del que llovían guijarros encendidos, murió asfixiado por los gases.
Pompeya y sus alrededores, después de aquella devastadora erupción volcánica, debida más al monte Somma que al Vesubio -así lo constatan los vulcanólogos hoy en día-, quedó sepultada por las cenizas dejando enterrado su esplendor. Un esplendor que tardaría siglos en ser descubierto.

[...] Esplendor bajo las cenizas (I) [...]
[...] Esplendor bajo las cenizas (I) Esplendor bajo las cenizas (II) Esplendor bajo las cenizas (III) [...]