María Jesús Mayoral Roche
Las excavaciones arqueológicas más prolíficas y espectaculares en Pompeya y Herculano se ejecutaron durante el reinado napolitano de Carlos III. Antes de que éste llegara a Nápoles ya se habían hecho algunos sondeos en la misma ciudad de Portici, lugar elegido por el Rey para sus temporadas de caza. El promotor de llevar a cabo los rastreos fue don Manuel Mauricio de Lorena, príncipe D’Elbeuf, general al servicio del emperador de Austria. Los sondeos se iniciaron al encontrar unos relieves en una finca de su propiedad mientras se hacía la prospección de un pozo; dicho hallazgo dio lugar a una inspección más exhaustiva, siendo halladas estatuas y diversos mármoles labrados.
Roque Joaquín Alcubierre fue una persona, quizá, más ambiciosa que interesada en las excavaciones, incluso me atrevería a decir con un único objetivo: satisfacer los caprichos de Carlos III o, según se mire, servir a su Rey. De hecho toda la correspondencia de Alcubierre deja entrever su empeño a la hora de conseguir medios para iniciar y continuar las excavaciones en Herculano y Pompeya; y para ello les recuerda siempre a sus valedores las fatigas y los trabajos realizados en las excavaciones.
(…) “Habiendo muchos años que puedo asegurar no haber tenido casi un día de reposo, pensión del empleo mío y, sobre todo, que es lo que ahora más contribuye, el que atado con una cuerda he bajado más de 200 veces por un pozo a las excavaciones, exponiendo salud y vida por el gusto que conocía tenían S.M y V.E. de lo que se iba encontrando”.
Pero Alcubierre ciertamente no era un soñador en busca ciudades perdidas; sino un hombre que se dejaba llevar por los vestigios y las muestras que iban surgiendo sobre el terreno. Así, sirviéndose de los hallazgos del príncipe de D’Elbeuf y bajando él mismo hasta el fondo del pozo para asegurarse de las posibilidades de éxito a la hora de aventurarse en una excavación, le comunicó al marqués de Salas lo siguiente:
(…) Habiéndome encontrado en las nuevas grutas donde se ha empezado a excavar, vecino al Vico del Mar de Resina, una figura muy sana y muy curiosa de metal, la cual parece estaba situada en algún ángulo, la paso a manos de V.E. a fin que V.E. pueda presentarla a Su Majestad. También paso a manos de V.E. el lugar donde se han encontrado inscripciones, estatuas, columnas, metales y otras piedras halladas en estas excavaciones. (…)
Lo cierto es que Alcubierre le argumentó a su jefe inmediato, don Juan Antonio Medrano, las posibilidades de éxito a la hora de aventurarse a hacer una excavación subterránea. Y Medrano, tras descolgarse al pozo e inspeccionar el lugar, decidió pedir permiso para proceder de forma oficial a la inspección del lugar. La respuesta del marqués de Salas no se hizo esperar y dio las órdenes oportunas para que se comenzaran las obras.
Sin embargo debo decir en honor a la verdad, que estas obras no se iniciaron con el romántico fin de recuperar ciudades perdidas, sino con la sana intención de encontrar tesoros antiguos. Este fue el motivo principal del inicio de las obras, idea aprobada por el mismo rey con la encomienda de la dirección de las mismas al propio Alcubierre. A partir de otoño de 1738 -comienzo de las excavaciones- y hasta su muerte en 1780, Roque Joaquín Alcubierre compaginaría la dirección de las excavaciones con sus obligaciones militares a la par que iba ascendiendo a los más altos grados en los ejércitos del rey de Nápoles.
Esplendor bajo las cenizas (I)
Esplendor bajo las cenizas (II)
