5/10/2010

Como ciudad Padana que es, su tejido no puede olvidar la piedra. Cuando se llega a ella, se han atravesado varios pueblos con torres. Pero son muy curiosas, asemejan chatas, amplias de base no necesitan erguirse para dominar la llanura. De hecho parece que se han acomodado tanto a la niebla que le tienen miedo al viento, por eso no han querido coger altura.

Se la han dejado toda al Torrazo, la torre campanario más alta de Europa es el faro de todos los violines. Subirla una necesidad, después de visitar sus 502 escalones uno comprende de que esta hecha la ciudad. De colores tomados, de un arcilla sangrado, de un gris ceniza, un blanco tocado de humedad, y un negro desacralizado. Si se tiene suerte y puede uno subirla sin gente, sólo oirá el rastro de sus huellas en la piedra, a lo sumo oirá un bisbisear, son las palomas que se mueven por el pasillo de su casa sin mirar a nadie. Torre cuadrada al inicio que permite tener sensación de amplitud cuando las fuerzas aún acompañan. Se convierte en otra de planta octogonal que obliga a la escalera de caracol. Lo que sería su barandilla no es más que la piedra pulida por millones de manos que dan una sensación sedosa a la falta de oxígeno que se empieza a acumular. Si uno se despista, su mano caerá en terreno arisco, se raspará y comprenderá lo que es salirse del camino. Otro tacto que nos aproxima a la lija que creíamos haber olvidado en la escuela.

Cuando uno llega arriba entiende la piel de la ciudad. A la izquierda de la plaza los monumentos religiosos; si gira la vista a la derecha, los civiles le recordarán lo que fue una ciudad rica e independiente. Cuna de los Amati, Guarneri y los Stradivarius. Esta es delicia aparte. Salpicada de Luthiers, uno no deja de maravillarse de la suerte que tiene Gaspar. El luthier de la plaza del ayuntamiento extrae la madera, la pule y después de encolar el futuro violín, levantará la vista para no intoxicarse y verá por enésima vez la fachada de la catedral y los 112 metros del Torrazo que todo lo preside.

Cuando Francesco Sforza y Bianca María Visconti presidieron su banquete nupcial en octubre de 1441, tomaron de postre el primer turrón cremonés. Con la forma del campanario de la catedral, el dulce se bautizó como Torrazzo- o Torrione- de ahí el actual Torrone que no falta desde entonces en ningún mes del año.

Seguro que lo come el quiosquero que a mitad de mañana en mangas de camisa pero con bufanda deja su sustento con el cartel de Torno subito más feliz que unas pascuas. Han pasado ya muchas para esta piel reventada de años, pero no de achaques. Lo prueba que mira adelante. En un edificio en reconstrucción se anuncia para 2008 la apertura de un Café literario. Su reclamo actual, Dante y Dalí. ¿Se imaginan su crítica de la cata de café?

Mejor abandonamos sus callejuelas entre el olor a cola de pegar y a dulce de almendras. Cola dulce para pegar almendras. Nada que ver con el zumo de zarzaparrilla que aquí se tiene que esconder ante la exhibición de buen gusto de los lombardos con más perspectiva.

Categoría: Impronte d'Italia

24/06/2010

Juanelo Turriano

Hay personajes que pasan por la historia de puntillas, casi sin dejar rastro, como mucho queda de ellos una placa olvidada en la esquina de una calle. Si además, esos personajes fueron de la talla de Leonardo da Vinci, el olvido es todavía mucho más flagrante.

Y este es el caso de Juanelo Turriano, nombre españolizado de Giovanni Torriani, nacido en 1501 en Cremona, pero que pasó prácticamente toda su vida en España, en la corte del emperador Carlos V, en Toledo.  

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Categoría: Curiosità