María Jesús Mayoral Roche
Tras el cataclismo del 27 de agosto del año 79, Herculano desapareció y Pompeya quedó sepultada. El polvo y las cenizas de la erupción llegaron hasta la Ciudad Eterna y para cuantificar los daños y asistir a los refugiados, además de salvar lo que se pudiera, Roma determinó enviar una comisión. Dicha comisión pudo comprobar que el foro había quedado sepultado bajo las cenizas dejando apenas entrever las columnas. Con el fin de que las estatuas religiosas y objetos de culto no quedaran abandonados iniciaron su búsqueda y la misión concluyó con la nivelación del terreno. Los supervivientes ricos intentaron rescatar sus pertenencias y los saqueadores hicieron el resto. El tiempo, el humus, la hierba y los viñedos sumieron en el olvido a estas dos ciudades. Siendo Tito emperador visitó la Campania y contemplando el nuevo paisaje se unió a la opinión de sus senadores: Pompeya quedaba sepultada.
En el Renacimiento la arqueología cobró interés y artistas y escritores rememoraron la historia con la descripción geográfica de estas ciudades desaparecidas; escritos y ficciones que no pasaron inadvertidos. Pompeya y Herculano volvían a renacer aunque sólo fuera en el recuerdo.
En 1592, al arquitecto Domenico Fontana le encargaron una canalización subterránea para llevar el agua del río Sarno a la villa del conde Muzzio Tuttavilla, sin saber que dicha canalización debía atravesar el territorio de Pompeya. En este punto es donde los italianos se atribuyen el descubrimiento de Pompeya; pero la ocasión del descubrimiento se perdió y Pompeya siguió durmiendo.
Cambiando de panorama y hablando de otra historia diferente, el 17 de abril de 1711 es creado en España el Cuerpo de Ingenieros Militares. Fue a mediados de junio de 1734 cuando los Ingenieros Militares españoles pasaron a Nápoles para prestar su ayuda en los episodios finales de aquella conquista. Roque Joaquín Alcubierre solicitó el ingreso a través de Jorge Próspero Verboom y al parecer entró muy joven en dicho Cuerpo como ingeniero voluntario, bajo la protección del Conde de Bureta. Tuvo destinos de relativa importancia, sirviendo al Ingeniero Jefe y más tarde a su valedor, don Andrés Cobos. Aunque no se conocen los hechos con exactitud, Alcubierre debió verse involucrado en una serie de agravios y acusaciones, que pese a su buena labor en el Cuerpo y a la recomendación de Cobos, la instancia de Alcubierre no obtuvo la admisión definitiva y siguió trabajando como Ingeniero Voluntario.
Y así como la carta de Plinio el Joven a Tácito puso punto final a la tragedia natural acontecida en Pompeya y Herculano, otra carta fue la que marcó el inicio de la recuperación de las ciudades sepultadas.
Excmo. Sr.:
Teniendo noticia de la creación de un Cuerpo del cargo de V.E. Me atrevo a suplicarle, no tanto por lo que he procurado merecer en el tiempo que he empleado en adquirir algo de profesión, sino por cuanto agravio he sufrido y que falsamente le han informado a V.E y que de ser preciso haré presentar a V.E jurídica información, de la cual me parece no será posible salga como yo quisiera quien pudo fraguar la acriminación. Sobre lo que espero me mande V.E lo que sea de su satisfacción, suplicando a V.E con todo rendimiento me miren con piedad, como a desvalido y con justicia, como sin motivo agraviado, favor que espero de V.E. como el que me repita sus órdenes y muchas ocasiones en que acredite mis vivos deseos de emplearme en las que apetezco de V.E por cuya excelentísima Persona ruego a Nuestro Señor guarde los muchos años que puede, deseo y he menester.
Excmo. Sr. Besa los pies de V.E. su más rendido servidor Roque Joaquín de Alcubierre. Excmo. Sr. Marqués de Verboom.
Esta es la instancia que no alcanzó favor y por la que Alcubierre seguiría ejerciendo su labor como Ingeniero Voluntario. Por otra parte su jefe y valedor, Cobos, fue destinado a Italia. Quizá su situación lanzó a Alcubierre a buscar fortuna o a poner tierra de por medio a los agravios sufridos. Es probable también que ambos se embarcaran en la expedición enviada por Felipe V en ayuda de su hijo en 1734. Por la correspondencia y los documentos de la época se desprende que ninguno de los dos estaban satisfechos en aquel destino.
A comienzos de 1738 Alcubierre fue ascendido al empleo de Capitán y su nombre aparece en las labores de Portici. Uno de los trabajos que le encomendaron fue el trazado de la planta exterior del palacio. Allí pudo informarse, a través de un cirujano llamado Giovanni de Angelis con el que hizo amistad, sobre los hallazgos antiguos encontrados en la zona. En vista de lo que vió y de la valoración que hizo sobre el terreno, Alcubierre propuso a su jefe la idea de una excavación sistemática.
Esplendor bajo las cenizas (I)
Categoría: Arte, Impronte d'Italia
Todo turista que viaja a Nápoles, además de poder disfrutar de una de las ciudades más fascinantes de Europa, podrá tener el placer de pasearse por la que quizás sea la ciudad más increíble del mundo, Pompeya, la ciudad sepultada por el Vesubio hace casi 2000 años.
Todo el mundo podría referir cosas acerca de esta ciudad aun sin haberla visitado: sus pinturas murales, sus figuras humanas con el horror marcado en los últimos gestos de su vida, las calzadas con las ruedas de los carromatos marcadas, sus casas, sus templos, todo lo que se ve allí resulta fascinante para cualquier persona mínimamente sensible.
Lo que ya no es de todo el mundo conocido es que el descubrimiento de semejante maravilla se debe a un zaragozano, Roque Joaquín de Alcubierre, que fue quien dirigió las excavaciones de Herculano, Pompeya y Estabia desde el año 1738.
Muy poco se sabe de su vida en España, tan solo que nació en Zaragoza en 1702 y que era el protegido de los Condes de Bureta, gracias a los cuales logró hacer carrera como ingeniero militar en el ejército de Felipe V, destacando por sus dotes de delineante. Viajó a Italia formando parte del cuerpo expedicionario del hijo del rey, Carlos, que con el tiempo primero sería rey de Nápoles y después rey de España. A las órdenes del recién nombrado rey Carlos, con el título de ingeniero extraordinario, Alcubierre empieza a trabajar en Portici, ocupándose de las obras del jardín real. Ya por aquel entonces periódicamente los campesinos encontraban objetos antiguos cada vez que hincaban el arado y cuando se construían casas y canalizaciones, los hallazgos eran cada vez más numerosos.
Fue Alcubierre el que empezó a sospechar que debajo había algo más que una serie de objetos diseminados, así que solicitó permiso para empezar a excavar debidamente. Y así lo hizo en Herculano, con solo tres obreros, encontrando primero el teatro de la ciudad. Dada la magnitud de los hallazgos (estatuas, bronces, lápidas), los efectivos aumentaron y empezaron a surgir de la tierra nuevas piezas que despertaron el entusiasmo del monarca. Alcubierre iba reflejando en su diario todo este arduo trabajo, realizado en unas condiciones todavía muy penosas, a base de galerías con una ventilación muy deficiente. Cuando se descubrió la basílica con sus espléndidos frescos, nuestro personaje enferma dada la insalubridad de su trabajo. Pierde toda la dentadura y gran parte de la visión, pero cuando se recupera vuelve con ganas renovadas y ya con el grado de teniente coronel sigue sacando a la luz infinidad de mármoles, frisos, objetos de vidrio, docenas de bustos y más de mil papiros con textos filosóficos escritos en latín y griego, fondos que formarán con el tiempo el Museo Arqueológico de Nápoles, uno de los mejores del mundo en su género.
Y en 1748 aparece por fin Pompeya, con su anfiteatro, sus templos, sus calles, sus casas magníficamente conservadas, sus mosaicos, todo un mundo por descubrir, cuyas excavaciones distan mucho de estar acabadas en la actualidad.
Alcubierre siguió excavando en Estabia, Capri, Pozzuoli, hasta en la legendaria Cumas. Su labor también fue criticada por consagrados arqueólogos contemporáneos suyos, entre ellos el alemán Winckelman, considerado el padre de la arqueología. Críticas debidas a lógicos errores en los planteamientos de las excavaciones, dada la precariedad de medios tecnológicos y la deficiente formación arqueológica de nuestro protagonista, y también, por qué no, a cierta envidia, al ver que un advenedizo, un simple ingeniero militar, les robara la gloria de descubrir la única ciudad de la Antigüedad que hoy, de forma casi intacta, podemos admirar.
Categoría: Curiosità


