No son muchas las calles y plazas de Zaragoza dedicadas a Italia o a italianos ilustres. El callejero zaragozano se despacha con unas pocas calles (Bolonia, Italia, Marconi) y una plaza (Roma). Últimamente, en una lejana y moderna plataforma logística parece que se ha querido paliar esta escasez con calles como Messina, Bari, Tarento o Salerno, entre otras.
Si dejamos a un lado a dos “pre-italianos” tan ilustres como fueron César Augusto (con avenida y estatua, que por algo es el fundador de la ciudad) y Cristóbal Colón, que tiene una minúscula calle, apenas encontramos algo más.
Dos calles despistan bastante. Son la de Mateo Flandro y la de Jorge Cocci, dos impresores renacentistas afincados en Zaragoza y que alcanzaron fama internacional sobre todo este último, autor del considerado como el libro más bellamente impreso del siglo XVI, pero que de italianos solo tenían el apellido, pues en realidad eran alemanes de pura cepa.
Pero sí que hay tres personajes italianos que merecen un cierto reconocimiento, el primero es Ramón Pignatelli (que además de calle tiene dedicado un parque), el segundo Basilio Boggiero y el tercero Bernardo Ramazzini.
El primero, Ramón Pignatelli (1734-1793) en realidad no nació en Italia, sino en Zaragoza, pero procedente de una familia de Nápoles de toda la vida. Y no de una familia cualquiera, sino de una de las más nobles y prestigiosas del Mezzogiorno, llegando a tener en su seno a numerosos cardenales, virreyes de Sicilia, papas y hasta algún que otro santo. Su padre, Antonio Pignatelli, era príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico, ahí es nada. El apellido deriva de las tres piñatas (ollas o cántaros) que aparecen en su escudo, que representa al botín que un antepasado suyo, Landolfo, se trajo del palacio imperial de Constantinopla durante la primera cruzada.
Fue uno de los mayores ilustrados de esta tierra, conocido sobre todo por ser el artífice del Canal Imperial de Aragón. Era licenciado en Derecho, Cánones y Filosofía, además de cursar estudios de matemáticas, física y ciencias naturales en Zaragoza y en Roma.
Su currículum está lleno de obras muy importantes para Zaragoza, destacando la Casa de Misericordia, el hospicio más importante de la ciudad, para el que construyó la actual plaza de toros, cuyos beneficios iban destinados a sufragar los gastos de los huérfanos. Fue canónigo de la Seo con tan solo 19 años, rector de la Universidad de Zaragoza en cinco ocasiones y uno de los hombres más cultos de su tiempo. Junto con el conde de Aranda, quizás fue el aragonés que tuvo más peso en la corte de Madrid.
El padre Basilio Boggiero Spotorno (1752-1809) es un personaje entrañable para cualquier zaragozano que se interese mínimamente por la historia de su ciudad. Nació en Celle, un pueblecito costero no muy lejos de Génova (Liguria). Era hijo de un comerciante instalado en Zaragoza. En principio su carrera iba a ser la de las armas, pero prefirió el sacerdocio, ingresando en la orden Escolapia. Educador del general Palafox, cuando éste se hizo con el mando de Zaragoza en mayo de 1808, lo convirtió en su principal consejero. Luchó en la primera línea del frente hasta llegar a convertirse en un símbolo de la resistencia contra el invasor francés.
Tras la capitulación de la ciudad, fue asesinado junto al padre Santiago Sas el 22 de febrero de 1809, rompiendo los franceses su promesa de respetar la vida de todos los rendidos. Tras sus asesinatos, los franceses tiraron ambos cuerpos al Ebro desde el puente de Piedra, motivo por el que hoy existe una cruz sobre el puente recordando dichos sucesos.
Bernardino Ramazzini (1633-1714) tiene su calle justo al lado de la Mutua de Accidentes de Zaragoza (MAZ), en lo que antes era la antigua Carretera de Huesca.Y no es casualidad que la calle esté ubicada allí, ya que este ilustre italiano, desconocido por casi todo el mundo, fue el “inventor” de la medicina del trabajo. 
Este médico, nacido en Carpi (Módena), fue autor del primer tratado sobre las enfermedades de los distintos oficios, para cuya redacción visitó más de 50 lugares de trabajo con el fin de observar qué sustancias y qué materiales usaban los distintos gremios y así estudiar las enfermedades que con más frecuencia contraían los trabajadores. Preconizó un sistema sanitario para el ámbito laboral justo antes de que llegara la Revolución Industrial, siendo el primero en percatarse de los peligros de los productos químicos, el polvo, los metales, los movimientos violentos y las posturas inadecuadas en el trabajo.
También fue el precursor del uso de la quinina para tratar la malaria, con notable éxito, a pesar del rechazo de la comunidad médica de la época.
Hoy en día, los médicos cuando examinan a sus pacientes, una de las primeras preguntas que hacen es “¿A qué se dedica?”. Fue precisamente Bernardino (o Bernardo) Ramazzini quien la introdujo en el cuestionario hipocrático, salvando así, alguna que otra vida.
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La librería Antígona de Zaragoza (Pedro Cerbuna, 25) acaba de recibir en italiano la edición de “Amantes”, de Ana Juan, un texto agotado desde hace mucho tiempo en castellano. Se trata de un repertorio de ocho bellas historias de amor con sus correspondientes ilustraciones, que ha sido calificado por la crítica como uno de los mejores trabajos de esta ilustradora española. El libro, que cuesta 26 euros, ha sido publicado por la editorial Logos. Amantes
El Ministerio de Cultura concedió el pasado septiembre el Premio Nacional de Ilustración a Ana Juan (Valencia, 1961). Esta artista ha publicado en diarios como “El País” o “El Mundo”, pero sus creaciones han traspasado fronteras y ha sido la autora de inolvidables portadas en medios de comunicación internacionales como “The New Yorker”, “Los Ángeles Time”, “Boston Globe” o “Time”. La autora siempre cuenta que sus referencias a la hora de crear van desde Piero della Francesca hasta todos los autores anteriores a Rafael.
La última etapa de Ana Juan se ha dedicado a la ilustración de cuentos como el que ahora acaba de llegar a Antígona. “Amanti” surgió en su etapa japonesa, país en el que residió gracias a una beca de la editorial Kodansha. En este libro, Ana Juan abandona el blanco y negro y el cubismo de épocas anteriores y deja paso a los colores pastel y las formas redondeadas.
En la última etapa, Ana Juan se ha centrado en la ilustración de cuentos. Y su trabajo va desde clásicos infantiles como La Bella Durmiente hasta una Blancanieves en versión para adultos. Frida o Comenoches, son otros ejemplos de la constante evolución de esta artista internacional.
Todo turista que viaja a Nápoles, además de poder disfrutar de una de las ciudades más fascinantes de Europa, podrá tener el placer de pasearse por la que quizás sea la ciudad más increíble del mundo, Pompeya, la ciudad sepultada por el Vesubio hace casi 2000 años.
Todo el mundo podría referir cosas acerca de esta ciudad aun sin haberla visitado: sus pinturas murales, sus figuras humanas con el horror marcado en los últimos gestos de su vida, las calzadas con las ruedas de los carromatos marcadas, sus casas, sus templos, todo lo que se ve allí resulta fascinante para cualquier persona mínimamente sensible.
Lo que ya no es de todo el mundo conocido es que el descubrimiento de semejante maravilla se debe a un zaragozano, Roque Joaquín de Alcubierre, que fue quien dirigió las excavaciones de Herculano, Pompeya y Estabia desde el año 1738.
Muy poco se sabe de su vida en España, tan solo que nació en Zaragoza en 1702 y que era el protegido de los Condes de Bureta, gracias a los cuales logró hacer carrera como ingeniero militar en el ejército de Felipe V, destacando por sus dotes de delineante. Viajó a Italia formando parte del cuerpo expedicionario del hijo del rey, Carlos, que con el tiempo primero sería rey de Nápoles y después rey de España. A las órdenes del recién nombrado rey Carlos, con el título de ingeniero extraordinario, Alcubierre empieza a trabajar en Portici, ocupándose de las obras del jardín real. Ya por aquel entonces periódicamente los campesinos encontraban objetos antiguos cada vez que hincaban el arado y cuando se construían casas y canalizaciones, los hallazgos eran cada vez más numerosos.
Fue Alcubierre el que empezó a sospechar que debajo había algo más que una serie de objetos diseminados, así que solicitó permiso para empezar a excavar debidamente. Y así lo hizo en Herculano, con solo tres obreros, encontrando primero el teatro de la ciudad. Dada la magnitud de los hallazgos (estatuas, bronces, lápidas), los efectivos aumentaron y empezaron a surgir de la tierra nuevas piezas que despertaron el entusiasmo del monarca. Alcubierre iba reflejando en su diario todo este arduo trabajo, realizado en unas condiciones todavía muy penosas, a base de galerías con una ventilación muy deficiente. Cuando se descubrió la basílica con sus espléndidos frescos, nuestro personaje enferma dada la insalubridad de su trabajo. Pierde toda la dentadura y gran parte de la visión, pero cuando se recupera vuelve con ganas renovadas y ya con el grado de teniente coronel sigue sacando a la luz infinidad de mármoles, frisos, objetos de vidrio, docenas de bustos y más de mil papiros con textos filosóficos escritos en latín y griego, fondos que formarán con el tiempo el Museo Arqueológico de Nápoles, uno de los mejores del mundo en su género.
Y en 1748 aparece por fin Pompeya, con su anfiteatro, sus templos, sus calles, sus casas magníficamente conservadas, sus mosaicos, todo un mundo por descubrir, cuyas excavaciones distan mucho de estar acabadas en la actualidad.
Alcubierre siguió excavando en Estabia, Capri, Pozzuoli, hasta en la legendaria Cumas. Su labor también fue criticada por consagrados arqueólogos contemporáneos suyos, entre ellos el alemán Winckelman, considerado el padre de la arqueología. Críticas debidas a lógicos errores en los planteamientos de las excavaciones, dada la precariedad de medios tecnológicos y la deficiente formación arqueológica de nuestro protagonista, y también, por qué no, a cierta envidia, al ver que un advenedizo, un simple ingeniero militar, les robara la gloria de descubrir la única ciudad de la Antigüedad que hoy, de forma casi intacta, podemos admirar.
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